
Mis estudios y mi carrera siempre giraron en torno a las inequívocas verdades de las ciencias exactas. Sin embargo, al ser mi corazón totalmente permeable a la sensiblería mundana, se mezclaban en mi cabeza los estrictos conceptos de la ciencia con los confusos e inexplicables razonamientos del corazón.
En el colegio secundario, en medio de alguno de los muchos desengaños amorosos vividos durante la adolescencia, tuve que exponer ante la clase los corolarios del teorema de Thales. Al querer explicar el concepto de rectas paralelas, afloraron mis sentimientos, distorsionando todo lo que había estudiado al respecto:
“Las rectas paralelas son la representación matemática del amor imposible: dos almas gemelas condenadas a no encontrarse jamás, siempre separadas por la misma distancia, sin principio ni fin, mirándose una a la otra por toda la eternidad, sin posibilidades de llegar a tocarse. Su mayor esperanza descansa en algo que les dijeron, pero que no pueden comprobar: que llegarán a tocarse en el infinito, ese lugar al que nunca se llega. También abrigan la esperanza de toparse algún día con alguna geometría no euclidiana, alguna realidad alterna, algún espacio curvo que les permita burlar a su cruel destino de soledad”.
De más está decir que la profesora de matemática, sin entender ni una palabra, calificó mi exabrupto sentimental con un rotundo cero. Es una pena que no haya pasado por allí en ese momento la profesora de literatura.
Al finalizar mi adolescencia, pensé que esa ambivalencia sentimental/científica desaparecería, dejándome sólo la parte científica. Pero no fue así.
En la universidad, mientras estudiaba Análisis matemático I, la teoría de los límites de funciones me llevó a reflexionar sobre la existencia del infierno y de los tormentos eternos. Mientras la profesora explicaba, yo tomaba apuntes, pero los teñía con mis delirios filosóficos:
“Los límites son instr

Cuando llegó el momento de estudiar para los exámenes, mis apuntes no servían para nada. Tuve que cursar Análisis Matemático I dos veces, y en el examen final a duras penas obtuve un cinco (gracias a que conmoví a la profesora con una analogía entre la integración de funciones y la plenitud del alma).
En Álgebra también tuve problemas. Cuando el profesor explicó cómo se calcula el módulo de un número –operación matemática que iguala a los valores negativos con los positivos– yo asocié ese concepto con el mecanismo de confesión y arrepentimiento propio de la iglesia católica, el cual deja a justos y pecadores en iguales condiciones ante los ojos de Dios.
En la actualidad, mis estudios universitarios ya han concluido. Pero todavía no pude terminar mi tesis de licenciatura, a falta de un profesor que quisiera apadrinar mi trabajo, presentado con el título de “La teoría del caos aplicada a la predicción de éxito en los intentos por levantarse minas”.